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Tarjeta magnética y autoproducción de alimentos: las recetas contra el hambre son las mismas que hace casi veinte años

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El director de la ANSES, Alejandro Vanoli; el intendente de La Matanza, Fernando Espinoza; el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, y la secretaria de Inclusión Social, Laura Alonso, durante la presentación del plan.
El director de la ANSES, Alejandro Vanoli; el intendente de La Matanza, Fernando Espinoza; el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, y la secretaria de Inclusión Social, Laura Alonso, durante la presentación del plan.

El Plan Argentina contra el Hambre fue una de las primeras cartas que jugó el Gobierno de Alberto Fernández para alinear voluntades detrás de un objetivo común difícilmente objetable. En un país con enormes problemas económicos y cerca de 8 millones de niños con problemas de nutrición, es necesaria la contribución de todos los sectores para atacar el problema desde diversos frentes. En ese contexto, esta semana estuvieron en el país tres expertos internacionales en seguridad alimentaria y reducción de la pobreza, integrantes de la misión enviada por la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), para asesorar al gobierno nacional sobre los programas para combatir la emergencia alimentaria.

De acuerdo con el Panorama de la seguridad alimentaria y nutricional 2019 de la FAO, un 32 por ciento de la población argentina se encuentra en una situación de inseguridad alimentaria moderada o grave, por lo cual «es clave trabajar cuanto antes para revertir esa situación». Pero para poner en perspectiva la situación actual, vale la pena mirar hacia atrás y revisar lo que se hizo en materia de seguridad alimentaria, en un país que produce alimentos para 800 millones de personas.

En 2003 -tras una de las peores crisis de la historia Argentina y en los albores de la era kirchnerista- en el marco de la Ley Nº 25.724 / 2002 se creó el Plan Nacional de Seguridad Alimentaria (PNSA), con el objetivo de ”posibilitar el acceso de la población en situación de vulnerabilidad social a una alimentación complementaria, suficiente y acorde a las particularidades y costumbres de cada región del país”.

La ejecución del PNSA involucraba en sus líneas de acción los distintos aspectos necesarios para promover la seguridad alimentaria. Una de sus líneas fundamentales era la implementación de tarjetas magnéticas a las que el Estado transfería dinero para la compra de alimentos, de manera que las personas eligieran libremente qué alimentos comprar de acuerdo a sus gustos y hábitos. “Las titulares de derecho de esta acción son aquellas familias con niños menores de 14 años, embarazadas, personas con discapacidad y adultos en condiciones socialmente desfavorables y de vulnerabilidad nutricional. De este modo, se promueve la autonomía en la selección de alimentos, se fomenta la comida en familia y se favorece el acceso a alimentos frescos (frutas, verduras, leches, yogures, quesos y carnes, entre otros)”, explicaba la Ley.

Pro Huerta

La similitud con la Tarjeta Alimentar es notable, pero hay que decir que los tiempos han mejorado la tecnología y hoy es mucho más viable su efectiva implementación. Además, no es casualidad la similitud de ideas. El propio gobierno explica que el Plan Argentina contra el Hambre se apoya en el fortalecimiento de las acciones que lleva adelante el Programa Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional, una derivación de aquel PNSA.

Dentro del mismo plan se encontraban las acciones del INTA Pro-Huerta para promover el acceso a una alimentación saludable mediante la autoproducción de alimentos frescos para el consumo personal, familiar y comunitario. Casi veinte años después, en el nuevo plan contra el hambre, el Pro-Huerta también hace su aporte. Según explica la extensionista del INTA Concordia, Daniela Carlini, “el Pro Huerta aporta a la canasta básica de alimentos saludables con pescados frescos, frutas y verduras agroecológicas de organizaciones de productores familiares”.

En esa localidad entrerriana, por ejemplo, la carne de pescado es obtenida por la Cooperativa de trabajo pescadores artesanales unidos de Benito Legeren, la Asociación de pescadores artesanales de zona sur de Concordia y emprendedores de la Micro Región de Salto Grande. “En cuanto a las frutas y verduras agroecológicas, productos de la Red de Comercio Justo Pirí Hué, grupo de abastecimiento local (GAL) del Pro Huerta de Horticultores de Salto Grande”, especificó Carlini. También se suman los productores no organizados de Chajarí con tomates y la estancia Grande con naranjas, y la canasta se completa con lácteos, huevos y arroz.

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